Messi se despidió de la Selección y otra vez nos cuesta convencernos de que se trata apenas de fútbol. Se despidió un grande, alguien que seguirá apareciendo cada vez que juegue la Selección Argentina. Como Maradona. Porque hay jugadores que dejan de entrar a la cancha, pero nunca terminan de salir de nuestra vida. Es increíble lo que un país ha puesto en las piernas mágicas de un jugador y ahora en su discurso. De ese chico que conocimos, que hablaba tan poco, a este que dijo que nunca había hablado tanto y que no quería terminar: terminar el discurso implicaba dejar la cancha, retirarse de la Selección. Eso que ni él ni nosotros hubiéramos querido.
¿Cómo se despide a alguien que nos hizo llorar tantas veces, que nos regaló con su arte tantas pasiones? La tristeza, el reconocimiento, las ganas de que esto no sea cierto, que sea sólo un chiste. No nos gustó cuando dijo que iba a estar de nuestro lado como un hincha más. Nunca lo será porque siempre nos acordaremos no sólo de cómo jugaba sino de cómo era admirado adentro y afuera de la cancha.
Nunca habíamos tenido tantas alegrías y llantos como con Messi. Nosotros seguiremos por mucho tiempo pidiéndole que no se vaya, aunque tengamos que aprender a despedirlo. Intentamos pensar que el grupo ocupará el lugar que nadie podrá, por mucho tiempo, ocupar. Pero todo grupo tiene líderes, y el liderazgo de Messi se fue cimentando con su trayectoria, con sus logros, con sus gambetas, con su simpleza. Queremos pensar que ya aparecerá otro, convencernos porque tuvimos la suerte laica y terrenal de haber parido dos milagros.
Lo escuchamos en su último discurso, y queremos pensar que después de todo es apenas un jugador de fútbol. Pero no nos sale. Messi nos habla. Mientras él jugaba, nosotros crecíamos, teníamos hijos, perdíamos seres queridos, cambiábamos de trabajo, envejecíamos. Entre un Mundial y otro nos pasaba la vida.
Las alegrías y lágrimas nunca fueron solamente suyas. Al hablar tanto de los colores de Argentina, nos hace sentir un país entero, por una vez sin fisuras, sin contradicciones. Pero un país colonizado. Y ese sentimiento cruza las fronteras. Lo despiden hasta en Bangladesh. También las historias de colonización hacen resonar de otra manera un partido contra Inglaterra.
Aprendimos que los hombres también lloramos, aprendimos todas las preposiciones del sufrir con otros, nos ha hecho abrazarnos con desconocidos. Un jugador que no sabe nuestro nombre entra en nuestros recuerdos más íntimos. Hemos visto miles de veces sus jugadas, su mirada periférica que parece estar en otro tiempo, en esa calesita infinita de goles que no podremos olvidar. Y lo más raro es que nos volvemos a emocionar aunque los hayamos visto cientos de veces. Y ahora, encima, nos emociona con su discurso.
“La verdad que estoy hablando más que nunca, no me quiero ir, no quiero dejar la cancha”. Hablaba para quedarse un poco más, para que nos quedemos con él un poco más. Cada palabra demoraba la salida. ¿Cómo se termina un discurso cuando terminarlo es también tener que irse? Nosotros tampoco queríamos que terminara.
“No venir más va a ser un dolor muy grande. Les juro que me encantaría venir toda la vida, porque jugar en la Selección Argentina es lo más lindo que te puede pasar”. Lo escuchamos y nos emociona. Pensamos en esos lugares donde nos gustaría quedarnos toda la vida y en las personas con quienes quisiéramos estar. Saber que es el momento de la despedida y decirlo no quita el dolor. Lo sacude.
“Fue un orgullo muy grande defender esta camiseta durante más de 20 años”. El orgullo de llevar la camiseta argentina no empezó con la copa. Estaba también cuando perdíamos y cuando tantos le preguntaban por qué no jugaba como en el Barcelona. Ahora se despide diciendo que está orgulloso de ser argentino.
Sus palabras nos impactaron: “Para conseguir objetivos grandes hay que hacer grupos fuertes, unidos, porque hay gente que quiere ver mal a la Selección. No hay que darles el gusto”. El hombre al que tantas veces le pedimos que ganara solo nos habla de lo grupal. Dice que sus compañeros le hicieron cumplir el sueño de chiquito. El sueño era suyo, pero para cumplirlo necesitó a los otros.
“Los momentos duros, los difíciles, es cuando realmente se ve el grupo”. Nos pide que estemos cuando vengan las derrotas, cuando cueste, cuando aparezcan los que quieren tirar todo abajo. Nos quedamos pensando en cuántos lugares de nuestra vida necesitamos grupos que nos sostengan cuando las cosas no salen. En lo fácil que es estar unidos para levantar una copa y lo difícil que se vuelve cuando ya no hay nada que levantar, salvo al compañero. Y cómo ha sufrido nuestro país al no tener un grupo que tire para el mismo lado.
“Ahora voy a estar de ese lado, con todos ustedes, bancando a todos estos chicos y lo que venga. Siempre unidos”. De ese lado. Del nuestro. Después de tantos años de mirarlo, dice que va a mirar con nosotros. Él también buscará en la cancha algo que ya no está: a él mismo.
Después la Selección volverá a jugar. Y lo buscaremos. Alguno recibirá la pelota y diremos: “Ahí Messi hubiera…”. Hubiera gambeteado, hubiera dado el pase, hubiera metido el gol. Tendremos que aprender a mirar a los que vienen, aunque se nos escape su nombre en medio de una jugada.
Y ahí aparece inevitablemente el otro número diez. Maradona. Hace años que no juega y todavía aparece cada vez que juega la Selección. También lo seguimos buscando en una gambeta, en un zurdazo, en el coraje de alguien que pide la pelota cuando todos parecen querer sacársela de encima.
Maradona no apareció en su despedida oral. Apareció después, en el mensaje que publicó: “Me quedaron muchas cosas por decir”. Entre esas cosas estaba el Diego, “que puso a nuestro país donde se merecía estar”. Había terminado el discurso, pero la despedida seguía. El otro diez volvió cuando ya no había micrófono.
Entre Messi y Maradona también están nuestros años. Los que vimos jugar a los dos tenemos recuerdos que empiezan con sus nombres y terminan hablando de nuestra propia vida. Dónde estábamos, con quién. A quién abrazamos. Quién estaba entonces y ahora nos falta.
Pero esas vidas que recordamos también estuvieron atravesadas por el poder del fútbol. Mientras nosotros ponemos los recuerdos, otros ponen el precio, los horarios, las condiciones. Este mismo país que hoy despide a Messi vio cómo a Maradona le cortaban las piernas futbolísticas en Estados Unidos 94. El hombre que tantas veces había decidido un partido con la pelota en los pies ya no podía decidir si seguiría jugando.
Messi llorando. Maradona después de que le cortaran las piernas. Dos números diez que nos hicieron sentir que podíamos ganar incluso cuando todo parecía perdido. Y una pregunta que sigue dando vueltas: ¿quién decide las reglas del juego?
La próxima vez que juegue la Selección volveremos a sentarnos frente a la pantalla. Habrá otros jugadores, alguno llevará la diez, y la pelota seguirá rodando. Y en algún momento del partido, sin que nadie lo haya llamado, volveremos a corear su nombre: Messi.
Martín Smud es escritor y psicoanalista. Publicará próximamente “La pelota de tu vida” (Editorial Letra Viva).
Fuente: Página 12






















